Esta semana pasó algo que me dio tanta confianza que creo que debería dejar de escribir, tal vez esta sea la última anécdota que vierta en palabras. Fue el viernes, ya durante la madrugada el cielo dio unos alaridos desesperados, las nubes explotaron en cascadas durante toda la mañana. Los ruidos de la tormenta me tranquilizaban, era como sentir el carácter de la naturaleza. La mala noticia llegó cuando Martín se levantó con un llamado telefónico, un compañero debía entrevistar a alguien en otro país pero justo su esposa dio a luz a su primer hijo, por lo que no podría realizar el viaje.
Martín se vistió rápidamente y me puso en el bolso, creo que él no había escuchado la ruidosa tormenta de la noche, porque no tomó un paraguas. Eso no importó, consiguió un taxi y llegamos al aeropuerto. El problema comenzó allí, ya que la tormenta había obligado a cancelar los vuelos. Martín estaba desesperado, la entrevista era en unas horas y no podría realizarla, y el cielo no tenía muchas intensiones de teñirse de azul. Luego de esperar un rato en el aeropuerto, realizar llamadas a sus jefes, a su familia, desganado fue hacia su casa creyendo que había perdido esa oportunidad de entrevistar a ese importante personaje.
Por la tarde mientras miraba cómo las agujas del reloj corrían irremediablemente hacia un dead line que no cumpliría, miró mi web cam, casi escondida en la parte superior del monitor, sus ojos brillaron por un momento, y una mueca de satisfacción apareció en su rostro. Tomó el teléfono y se comunicó con su jefe, le planteo su idea, pero creo que este no estaba muy convencido porque Martín tuvo que asegurarle que podría entrevistar perfectamente a esa personalidad, utilizándome como vehículo.
Finalmente logró su cometido y se comunicó a la hora pactada, pero por medio de Internet, con aquel que debía entrevistar. Aunque estaban separados por más de mil km, eso no importó. Mi cámara, el micrófono, la misma conexión, todo funcionó de maravilla, ambos estuvieran juntos charlando, frente a frente aunque en remoto.
Me sentí por fin necesitada, totalmente necesitada. Fue por la noche cuando comencé a leer las páginas de este diario, recordé uno a uno los hechos que había contado. Desde la llegada, feliz pero también melancólica, con los nuevos rostros, la nueva casa, el dueño desconocido hasta el último viaje frustrado por la tormenta. Encontré un gran cambio en mí, la inseguridad ya no me persigue, soy feliz, tal vez porque poco a poco he ido superando todos mis miedos y hoy me siento completamente segura frente a lo que pueda presentarse Por eso me despido y rememorando a un poeta digo, “estos serán los últimos versos que yo le escribo”.
Links
• Intel.

